Por qué escribo

11.4.22

Lo reconozco, si pienso más de tres veces qué hago escribiendo me vengo abajo. En una era en la que comemos rápido, conducimos rápido, leemos rápido y hacemos todo igual de rápido o más, escribir una novela si no es tu trabajo principal, es una locura.

Es una locura porque con un trabajo a tiempo completo, la piratería, el trabajo constante de publicidad y promoción, la poca visibilidad que tenemos los autores autopublicados y las mil y una trabas que se encuentran en las ferias de libro para poder ir, convierte en el oficio en una carrera de obstáculos en el que la toalla está siempre muy próxima de llegar al suelo de forma definitiva. ¿Y por qué lo haces? Te preguntarás. Pues en realidad no lo sé del todo. Supongo que porque tengo una carácter soñador y me gusta la paz del folio en blanco, el estar en silencio con la cabeza a mil por hora y porque al final, el escritor acaba saliendo por alguna parte, aunque no quiera.

La ilusión de crear una historia, de pasarte meses investigando viendo cómo se forma como la película de tu historia en tu cabeza. Que los personajes, seres inanimados al principio, le vas dotando de voz, de rasgos físicos, de carácter, manías... Ir encajando cada pieza del puzzle que se forma en tu cabeza hasta que llega el punto en el que la historia fluye sola y acabas la historia y ves la película de ella, y te ilusionas y disfrutas de ella aunque solo estés tú delante. Esa sensación de satisfacción es difícilmente comparable. Y también, por supuesto, porque si escribir puede servir para animar a alguien en un momento determinado o simplemente entretener, hace que tenga sentido escribir.

Hay un estereotipo de que los escritores somos personas con alma de ermitaños a los que les cuesta salir al salir al mundo. No sé si es del todo cierto, eso cada uno que juzgue, pero sí que es verdad, que para los escritores juntar letras y crear mundos paralelos es una necesidad; es una manera de vivir distinta a la habitual, pero también es una forma de volver a ser niños jugando a ser quienes sean nuestros personajes, porque en cierto modo, vivimos a través de ellos.

Por eso tiene sentido escribir.


Y recuerda, si quieres adquirir cualquiera de mis novelas puedes hacerlo aquí.


Hasta el próximo post.

 

DOS PRIMEROS CAPÍTULOS DE SEGUÍ A MI INTUICIÓN Y ME DEJÉ LLEVAR

31.3.22

Mayo de 2021 

 

1.- Mayday


AITANA


            Me despierto de golpe cuando noto que una ola me acaba de mojar. El mar se ha picado y veo el cielo cubierto de nubes grises. Me estremezco, lo que prometía ser una agradable tarde en soledad ha cambiado y se ha tornado en algo peor. Tengo que salir de aquí, me da miedo estar sola con en estas condiciones. 

Casi nunca navego sola, pero hoy lo necesitaba. Mi vida se ha derrumbado y quería alejarme de todo, y en el mar siempre he sentido que los problemas no existen… O existían, porque ahora La Niñaque es así como se llama el pequeño velero que compró mi padre hace unos años, se mueve cada vez más. 

Me entra un escalofrío a pesar de que no hace frío, es miedo. Reacciono, quedarme quieta no solucionará nada y no puedo quedar a merced del Mediterráneo, las olas podrían hundir el velero y a mí con él. Dejo los pensamientos a un lado, ellos no me rescatarán, y me pongo en marcha. 

Me agarro a la barandilla en dirección a popa, coloco el trim y veo que se me olvidó echar el ancla, ¡el ancla! Me maldigo a mí misma la torpeza. Una imprudencia que reafirma una ola me hace perder el equilibrio y que a punto está de hacerme caer al agua cuando, además no llevo salvavidas. Por suerte al final lo hago dentro y me llevó un fuerte golpe en el costado derecho. 

¡Ay!  

Me paso la mano izquierda por la magulladura, subo ligeramente la camiseta y me bajo un poco el pantalón para echarle un vistazo a la cadera, está roja, pero está bien. Es el brazo derecho el que se ha llevado la peor parte, me duele horrores. 

Me arrastro dolorida por la embarcación, agarrándome a lo que puedo para tratar de acceder a la caseta, mientras las olas zarandean el barco, cada una de ellas más fuerte. Me arrodillo y abro con facilidad la maneta de la caseta del timón. «Aitana, este no es tu día. No puede ser tu final, no vas a morir ahogada», me digo para tratar de tranquilizarme. Nada más entrar, haciendo un esfuerzo titánico y apretando los dientes, consigo alcanzar un chaleco salvavidas que está detrás de la puerta. Me lo pongo y lo aprieto con toda la fuerza que me deja la muñeca derecha, que también se ha llevado un buen golpe. Busco una soga con la que amarrarme al barco y poder moverme si lo necesito y una navaja plegable, que aseguro al chaleco, para cortarla en caso de necesidad. Me la anudo, pero no sé si servirá de algo, apenas tengo fuerza con la mano derecha y soy diestra.

Trato de poner en funcionamiento el barco una, dos, tres, cuatro y hasta diez veces sin éxito. El motor no responde, solo hace un ruido renqueante sin llegar a despertar. Respiro hondo varias veces dándonos tregua al motor del barco y a mí. Vuelvo a intentarlo de nuevo y el resultado es el mismo: no funciona. Cada vez estoy más nerviosa, «¡no puede ser! ¿Por qué me tiene que pasar esto? ¿Por qué?». Lo intento con la radio, quiero ponerme en contacto con el puerto más cercano, pero no sé dónde estoy. Estoy perdida en algún punto del mar Mediterráneo entre Almería, Murcia y Alicante. Entre envite y envite de las olas trato de ver tierra, pero es imposible, una cortina de lluvia donde creo que está la costa disminuye aún más la visibilidad. Para colmo, la señal del GPS también falla y no soy capaz de reconocer ningún signo que me indique dónde estoy. Empiezo a llorar al saber que el destino me tenía deparada la muerte. 

Lo he intentado todo y no funciona, ¡con todas las cosas que me quedan por resolver! No tendría que haber salido de casa y coger el barco sin haber mirado antes la previsión del tiempo, pero no fue algo planeado, fue una huida. En cuanto vi aparecer a mi padre no pude permanecer en casa ni un minuto más, cogí las llaves y paré en un supermercado de camino al puerto, necesitaba pensar. Poder calmarme para no perder la poca cordura que aún me queda.  

La radio de repente vuelve a funcionar y doy gracias a Dios, a los dioses o a quien quiera que esté ahí arriba, porque en estos momentos me parece un milagro. «Aitana, te vas a salvar, seguro que Protección Civil llega rápido». Me animo como puedo. 

Silence mayday, mayday. Repito mayday. Me encuentro en el barco La Niña con matrícula MU-4-587-96. Estoy perdida, el puerto del que salí fue el de Cartagena con dirección El Gorjuel, mi última posición a hace unas cuatro horas era…¡Ayyyy! 


Unas semanas antes… 

 

Tengo la sensación de que la presentación de la película ha ido muy bien. El cine estaba lleno, había mucha prensa dentro y fuera de la sala y me ha gustado mucho reencontrarme con todos mis compañeros del rodaje tras varios meses que ha pasado en postproducción. Estos momentos en los que las cosas salen bien son los que hacen que, de vez en cuando, me reconcilie en parte con mi profesión. Trabajar con Ender como coprotagonista ha sido una auténtica gozada. Es profesional, atento, amable y está lleno de talento. Estoy muy contenta porque se case con Clara, se los ve tan felices juntos que me pregunto si yo alguna vez encontraré a alguien que me mire como lo hacen ellos.  

Clara se ha ido algo más atrás durante la película y él está sentado a mi lado. Intento no ser demasiado cruel conmigo misma cuando me veo, pero ese fruncimiento de labios en el photocall no ha quedado natural, estaba un poco impostado. Subimos las escaleras que acceden a la pantalla de cine tras los títulos de crédito y nos sentamos en unas butacas para contestar las preguntas del coloquio que ha organizado la productora. Presentamos la película y atendemos a la prensa especializada. Esta parte ya me gusta menos, la de vender. Me gusta el ambiente, pero no ser yo la protagonista. A veces fantaseo con que si tuviera una gemela me haría pasar por ella para los momentos más aburridos. Sería divertido. Eso sí, para la fiesta que han organizado después de la presentación volvería a tener mi identidad, pero solo para entrar a los locales de moda en los que alquilan reservados. Yo entro, me bebo un par de copas y siempre convenzo a alguien de que me baje a la pista de baile para estar con la gente. El mundo del cine es muy endogámico y me parece divertido cómo algunos chicos cuando me reconocen intentan ligar conmigo como si yo fuera un trofeo de caza. Casi nunca les hago caso, pero unos cuantos halagos suben la moral, y solo cuando apetece me dejo llevar. Eso sí, nada de fotos. Como es mi primer proyecto internacional, ha venido mi padre. Si soy actriz es gracias a él y a mi madre. Ella hace mucho que dejó la profesión, pero él aparece de cuando en cuando en algunas series en papeles pequeños y es actor de doblaje. 

—¿Has venido sola? —me pregunta Ender. 

—No, me están esperando fuera. 

—Clara, mi madre y mi hermana están aquí. Si quieres, te acompañamos. 

—Vale. 

Ender me presenta a Malak, su madre, con la que siento una conexión inexplicable en cuanto me mira a los ojos. La mujer que está a su lado es su hermana y se presenta como Hana. Me sorprende, porque no se parece nada él, sino más bien… Bueno, da igual. Descarto la idea loca que se me pasa por la cabeza, deben ser los nervios postpresentación. Veo a mi padre, alzo el brazo y viene hacia nosotros. 

—¿Qué tal he estado, papá?  

—Muy bien. Has estado brillante como siempre, hija. 

—Gracias.  

El gesto de mi padre cambia en cuanto repara en la mujer que tengo detrás, su cara torna de la sonrisa de satisfacción a una más tensa hasta que se le desfigura el gesto y miro detrás de mí. Malak tiene un gesto similar. Busco con la mirada a Ender, queriendo encontrar respuestas, pero tampoco parece entender nada. En este momento caigo en la cuenta de a quién me recuerda mi compañero de reparto y empiezo a comprender ciertas cosas que no estoy preparada para asumir. 

—Papá, ¿qué ocurre?  

No responde. Su cara de sorpresa inicial cambia y se llena de rabia. Frunce los labios, y cada vez me siento más nerviosa. Solo se miran retándose.  

—¿Os conocéis? —les pregunto. 

—Nadina, yo soy tu madre. 

—¡¿Qué?! 

En ese momento no sé qué hacer. Ni Ender, ni su hermana ni yo en realidad lo sabemos. Estamos impactados. Miro alternativamente a mi padre, a la mujer que dice ser mi madre y a los demás. Solo los dos mayores parecen entender lo que sucede. Me llevo las manos a la cabeza y solo se me ocurre que pueda ser una broma. Pero no ríen, están serios y eso es inquietante. No sé qué pensar, solo que quiero salir de aquí corriendo, no sé a dónde, pero quiero marcharme.  

Salto de página 

 

2.- Solo 

 

Paco mira por el ventanal del salón desde donde en los días soleados se ve el mar, más allá del pequeño jardín. Hoy la tarde se ha revuelto, el cielo está descargando con virulencia, hay ventisca y la temperatura, generalmente agradable, ha bajado varios grados.  

Está dentro de la casa donde Merche, Aitana, Sergio y él han sido una familia durante más de veinte años. Cada rincón habla de un momento diferente donde los recuerdos alegres lo inundan todo y ahora le saben amargos, impostados.  

Tras la presentación de la película y la confesión de Malak, Aitana no se fue de fiesta con los miembros de la producción como hace siempre. Malak, Hana, Ender, Aitana y Paco fueron a la habitación que había puesto la productora a disposición de Ender. Él era la estrella internacional. Ambos hablaron con sus agentes y con Pedro, el director, les explicaron brevemente que había ocurrido algo grave y que cuando pudieran darían las debidas explicaciones.

Ya en la habitación Paco sentía que el mundo se estaba desmoronando bajo sus pies y que no iba a poder hacer nada. Hana, Ender y Aitana se quedaron de pie; Clara la novia de Ender se marchó a su casa. El caso es que estaban los cinco en la habitación. 

Los más jóvenes tenían muchas preguntas que Paco no era capaz de contestar, no estaba preparado para ese momento, pero Malak, que al parecer llevaba años acumulando odio y rencor hacia él, dijo que había secuestrado a Aitana cuando ella apenas tenía dos meses. La mirada de Aitana buscó en los ojos de su padre que desmintiera aquella afirmación, pero no pudo hacerlo, Malak decía la verdad. Agachó la cabeza e inicialmente quiso poner excusas, pero simplemente se calló y se marchó de la habitación. No quería vivir un momento así. Cerró de un portazo y a los pocos segundo oyó los pasos de Aitana, que le seguían y lo llamaba. Por primera vez en su vida no atendió a la voz de su hija. Ese capítulo debía haber quedado olvidado y ahora todo se volvía real.

Malak, por su parte, sentía alivio por haber encontrado a Nadina, ese era el nombre que le dio a Aitana cuando nació. Había odiado a Paco desde el mismo momento en el que se dio cuenta de que había secuestrado a su hija y ese sentimiento se hizo protagonista del momento. Se quedó con Ender y Hana en la habitación y no les dijo más, la próxima vez que hablaran del tema quería que estuviera su hija pequeña delante.

Al día siguiente, Aitana llegó antes que Paco a Cartagena. Cuando les contó lo que ocurrió de verdad hace veinticinco años, Merche y Sergio hicieron las maletas y se marcharon. Ella le pidió el divorcio y se fue sin hablarle; Sergio se fue detrás de su madre, dijo que no quería quedarse con un hombre que ni siquiera era su padre y había tenido el valor de abandonar a dos hijos en Estambul. Trataron de convencer a Aitana de que se fuera con ellos, pero ella respondió que no, que prefería quedarse para que él sufriera su indiferencia diciendo ese sería su peor castigo y no se equivocaba.  

A pesar de todo, de los errores que cometió, lo más duro para Paco está siendo no poder hablar con su hija. Ella, que es su hija biológica, no es capaz de ni siquiera mirarlo y mucho menos de preocuparse por él. Pero, aun así, él la perdona; la quiere muchísimo, daría su vida por ella. Todavía hoy no sabe cómo pudo pensar en algún momento en dejarla abandonada en un orfanato cuando llegó a España. En realidad, en parte estaba justificado. Sus padres, los abuelos de Aitana, eran muy tradicionales y nunca aprobaron la relación que él y Malak tuvieron. La pareja duró a pesar de la oposición por parte de las familias porque eso era un reto para él, desafiar a las normas. Cuando esa presión disminuyó, perdió el interés. Sus padres tenían razón. Malak había sido solo un entretenimiento con la consecuencia de tres hijos.

Paco recuerda perfectamente cómo conoció a Malak. En las vacaciones de verano de tercero de carrera quiso cumplir lo que llevaba tiempo persiguiendo, visitar un país solo. Se compró un billete de avión y aterrizó en Atenas, allí tenía un amigo que estaba haciendo prácticas en una embajada. A su amigo no le costó mucho agilizarle el trámite para que le dieran un visado de turista para visitar a la vecina Turquía. Unos días después, ya en Estambul, quiso ver el Palacio de Dolmabahçe, para después conocer otras partes de la ciudad. En el momento en el que fue a pagar la entrada, reparó en la chica morena, de cabello castaño largo, ojos color ámbar y larga melena que le atendía al otro lado de la ventanilla y que le rechazó la moneda de quinientas pesetas y quería que le pagara en liras. Quedó prendado de ella y dijo que esperaría todo el día a que terminara el turno. No se movió del primer banco de piedra que encontró desde donde la veía. Ni siquiera se marchó de allí cuando paró de trabajar para ir a comer. Al final de esa tarde ella aceptó la invitación a un helado y las cosas se complicaron.  

Ella quería ir a Grecia, también le gustaba no seguir las normas, y se fueron a escondidas al país helénico. Fueron felices, trabajaban por la mañana con permisos de trabajo falsos y por las tardes comían pescado y se amaban durante horas bajo la luz de la luna y las estrellas. Malak no tardó mucho en quedarse embarazada de Hana. Cuando nació se organizaban bien y seguían disfrutando de su amor y de su hija. Los problemas se agravaron con el segundo embarazo. Volvieron a Estambul y a Paco dejó de gustarle su vida, se veía encerrado en una vida para la que no estaba preparado y el golpe definitivo fue la llegada de Aitana. 


Un día, mientras atendía en un bar de Estambul a una pareja de su misma edad, se comparó con ellos y se dio cuenta de que la vida que tenía no era la que quería. De repente… su realidad le vino grande y comenzó a sentir que se ahogaba. Malak y él apenas llegaban a final de mes, con tres niños pequeños y trabajos precarios, cuando él tenía sueños. Paco quería dedicarse al cine y en esas condiciones no lo lograría jamás. Pero no era tan fácil como hacer la maleta y dejar todo atrás. Quiso llevarse algo de su vida… y se llevó a Aitana. Ella era perfecta, un bebé de dos meses llamaba menos la atención que una niña que ya corría y contaba todo o que un niño despierto y simpático como lo era Ender. Con esa idea en la cabeza convenció a Malak para ir al consulado de España en Estambul, con la excusa de sacarles el pasaporte a los tres niños y poder llevar a cabo su plan. Lo demás fue sencillo, una maleta con algo de ropa para él y para la pequeña Aitana, un billete de avión, y ya en España empezó su nueva vida. Una que distaba mucho de la que tenía en Estambul y que se parecía más a la que él ansiaba. 


Esa es la historia de la familia. Aitana no conoce tantos detalles y Paco no sabe cómo se enfrentará a ello cuando llegue el momento. Aitana siempre ha sido la mediadora, desde muy pequeña. La que usa mentiras piadosas para conseguir las reconciliaciones; y ahora que ya no queda nada de eso se siente desorientado y abandonado a su suerte. 


Paco, no puede parar de dar vueltas de un lado a otro del salón que, en otro tiempo, estuvo siempre lleno con las risas y voces de su familia. Se lamenta de haber animado a Aitana a aceptar ese papel en la película. Quizá si no lo hubiera hecho Ender y ella jamás se habrían cruzado y su vida sería como siempre. Mucho más sencilla. 

 

Aitana ya debería de haber vuelto, son las nueve de la noche y su hija no ha aparecido todavía. Sabe que, aunque vea las llamadas, no se las va a devolver. Tiene una sensación extraña de desasosiego, una intuición que le dice que algo no va bien. Prefiere pensar que seguramente habrá quedado alguna amiga y se le habrá hecho tarde, pero no está tranquilo. Tiene el teléfono apagado y no quiere asustar a Merche por una tontería. Decide coger las llaves del coche y dar una ronda a ver si la encuentra. Cuando abre el armario del pasillo y ve que no están las llaves de La Niña, no aguanta más y decide llamar a Merche. Debe saberlo, es su madre. Descuelga al segundo tono, él ha respetado desde que se marchó lo que le pidió, que no la llamara, pero esto es diferente, ha de contárselo. Le pregunta si está con Sergio y ante la respuesta afirmativa le pide que ponga el altavoz. 

Ya estamos sentados. —dice Sergio. 

—Aitana ha desaparecido. 

—¿¡Qué!? —pregunta Merche—. Paco, si me lo dices para que vuelva a casa, no lo voy a hacer.  

—Os prometo que no es eso. 

—¿Has avisado a su madre? 

—Ya lo estoy haciendo.

—Me refiero a Malak —dice ella.

—Merche, Malak no es su madre. 

—Sí lo es, Paco, tienes que avisarla, tiene derecho a saber dónde está su hija. 

—Pero si no está ni en Cartagena, no puede hacer nada. 

—Tiene que saberlo.  

—Lo pensaré. 

—¿Cómo que lo pensarás? Si no es a ella llama a Ender, es su hermano.  

—No, su hermano es Sergio y se está enterando en este mismo momento a la vez que su madre. Vosotros sois su familia. 

—Eso no es verdad, Paco. Mi hermana tiene otro hermano, una hermana, otra madre y dos sobrinos.  

—Paco, si quieres a nuestra hija y me has querido alguna vez, hazlo. No añadas más dolor al que ya causaste.

Paco duda, resopla varias veces y se mantiene en silencio. Al otro lado de la línea Sergio y Merche se miran, Paco se lleva el teléfono a la boca, mordiéndose los labios resignado. Tiene que hacerlo, ama mucho a Merche y aunque solo sea por ella ha de hacerlo. 

—Está bien, avisaré a Malak. 

Decide enviarle un mensaje, no quiere hablar con ella, prefiere evitar enfrentarse a su voz y reproches. Es una mujer imposible que no atiende a razones y no quiere dar explicaciones. Le manda un wasap escueto y un minuto después le está llamando un número desconocido. 

—¿No te bastó con separarme de mi hermana que ahora, cuando desaparece, no me dices nada? —le reclama Ender. 

—Otra acritud más de estas y te cuelgo. —Ender suelta un bufido. Piensa que su padre es un gilipollas.

—¿Dónde está mi hermana? 

—No sé dónde está Aitana. 

—¿¡Cómo que no lo sabes!? 

—No, no lo sé. 

Ender no cree real lo que está oyendo. Ese hombre que, por lo visto, es su padre, parece estar muy tranquilo, lo que le hace sospechar que quizás le haya hecho algo. Intenta relajarse y le pregunta a Paco qué fue lo último que habló con Aitana y cuándo.  

No tengo por qué contarte cuándo hablé por última vez con mi hija. 

Si le has enviado un mensaje a mi madre es por algo, ¿o es que acaso tienes algo que ver con su desaparición? 

Eres un tarado, por supuesto que no. 

¿¡Entonces!? reclama Ender. 

Paco cambia de actitud y se sincera, lleva varios días sin hablarse con su hija, le cuenta lo que él cree que debe saber a grandes rasgos. En ese momento no lo va a reconocer, ni más tarde tampoco lo hará, pero escuchar el tono de preocupación en Ender y que haga tantas preguntas, en cierto modo, le hace sentir acompañado. 

—¿Has llamado a la policía? 

—No. 

—¿Y a qué esperas? ¿A que aparezca muerta? Es eso, ¿no? Ahora ella te molesta. 

—Mira, chulo de tres al cuarto, Aitana es mi hija y la quiero, no voy a soportar que ningún ligón de discoteca venga aquí a decirme lo que tengo que hacer. 

—Paco, aunque te joda, yo también soy tu hijo y estoy exigiéndote que hagas como padre lo que ya tendrías que haber hecho. O llamas de inmediato a la policía o te denunciaré. Voy a poner un mensaje en redes sociales. 

No digas que es tu hermana. 

Pero si ya es un secreto a voces. Además, ¿es eso lo que te preocupa ahora? ¿Tu reputación? 

No, imbécil, pero si quieres que encuentren a mi hija es mejor que te centres en lo importante y no en el cotilleo.  

Haz lo que te he dicho, Paco. 

—Tú también, Ender.

No tiene más remedio que hacer caso a su… A Ender, a ese tipejo déspota no puede considerarlo su hijo. Pero la realidad es que le recuerda mucho a él, con esas ganas de comerse el mundo, creyendo que puede con todo. Ve en Ender lo que él algún día fue, y le corroe la envidia. Ender está haciendo las cosas mucho mejor que él.  

 

Cada uno hace una cosa y pronto el nombre de Aitana se hace viral hasta convertirse en tendencia mundial en redes sociales. Paco acude a la policía y denuncia la desaparición. Tras ello, cada hora, recibe una llamada de Ender preguntando por su hermana, pero no tiene noticias. Él llama a su hija a cada rato, por si esta vez diera resultado distinto, pero todas las veces el mensaje ha sido el mismo: «El teléfono al que llama se encuentra apagado o fuera de cobertura en este momento. Por favor, inténtelo más tarde». Esa maldita frase metálica y carente de sentimiento que no había conseguido aprenderse en años, pero que ahora ha memorizado en unas cuantas llamadas. 

Horas más tarde, Sergio y Merche entran en casa, Paco al verlos respira aliviado. Se acerca a darle un beso a su mujer, pero ella se lo impide. 

—Ni te atrevas. Estoy aquí por Aitana, no por ti. 

Paco siente como si cada célula de su cuerpo hubiera envejecido y le recordase que, a pesar de tener a su familia cerca, en realidad están a mucha distancia de él. Sergio va a la cocina y prepara infusiones para los tres. Siempre le ha dicho a su padre que tiene que vender ese cascajo de embarcación, es viejo y pequeño, pero extrañamente su hermana y su padre tienen cariño a ese artefacto metálico. Por eso nunca le han hecho caso. La popa es demasiado baja, lo que lo hace susceptible de que cualquier pequeña ola pueda hundirlo. Cuando Aitana aparezca, porque está seguro de que va a ser así, va a deshacerse de esa lata digan su padre y ella lo que quieran. Se intenta aferrar a la idea de que en realidad su hermana no ha desaparecido, que solamente se ha liado, que en cuanto vaya al muelle estará el barco atracado y ella en algún bar tomando algo. Pero en el fondo sabe que no es así, si realmente estuviera así de seguro cogería el coche, iría con ella de local en local, cuando amainara el temporal acabarían los dos durmiendo en el barco y cuando los rayos del sol los despertaran volverían a casa.  

Recuerda el último beso en la mejilla que le dio cuando se fue a casa de sus abuelos. Ella estaba sentada en la terraza del porche tomando un café mientras intentaba concentrarse en el guion de la nueva película y, como una niña, le pidió mimos. Él llegaba tarde, porque tenía guardia en el hospital, pero no le importó. Le dio un abrazo y se recordaron que se querían. Aitana y él son hijos de padres diferentes, pero se adoran. Desde muy pequeños su hermana siempre ha sido su orgullo. 

Mientras, en el salón Paco y Mercedes se miran y de repente no se reconocen. Merche siente un profundo rechazo por su marido. No entiende cómo ha sido capaz de estar con él durante los últimos veinticinco años de su vida sin darse cuenta de nada. Paco siempre le pareció un buen hombre, cariñoso, atento y que se desvivía por su familia. Ahora no es capaz de encontrar en él al hombre del que se enamoró. Lo ve y comprende que solamente conocía una faceta suya, la más brillante. Verlo así, abatido, cabizbajo, le da esperanzas que quizás no estuviera tan equivocada respecto a él, pero en este momento le molesta su presencia. No comprende que él sea el mismo que fue capaz de abandonar a dos niños y a la mujer que le había dado tres hijos.  

Ambos, sumidos en el silencio, sienten un dolor que les lacera la piel, que apenas les permite llevar algo de aire a los pulmones. Se preguntan una y otra vez qué le ha podido pasar a Aitana e intentan convencerse de que no puede ser verdad, de que su niña no puede haber desaparecido. Tiene que estar sana y salva. Cada minuto es un castigo que les recuerda que no es un sueño, que es real, las manillas del reloj avanzan y, sobre todo, Aitana no aparece. Más allá del jardín hay una docena de periodistas que están haciendo guardia, esperando una declaración de la familia que no va a llegar. 

 

Por otra parte, en Estambul, Malak sigue mirando el teléfono a la espera de recibir alguna noticia de Ender. No pierde vista del aparato, que reposa sobre la mesa de centro sin parpadear ni dar signo alguno. Siente que ha perdido por segunda vez a su hija pequeña y una gran sensación de fracaso. No pudo proteger una vez a Nadina y ahora ha vuelto a fallar como madre. Es cierto que entonces, cuando Paco se la llevó teniendo la pequeña apenas dos meses, sus circunstancias eran muy complicadas, se quedó sola, sin dinero y con dos niños pequeños. Su hermano la recibió con la condición de que solo les daría cobijo si se arrepentía de todo lo hecho y no buscaba más a su hija. No le quedó más remedio que aceptar. Ender tenía solo tres años y Hana cuatro, al menos a los dos hijos que le quedaban tenía que darles un futuro. El primer mes durmió en la caseta del perro, pero el invierno llegó y su hermano y su cuñada se apiadaron a regañadientes, la dejaron dormir en un camastro con sus dos hijos al lado. Trabajaba día y noche en lo que encontraba. Por eso Ender tuvo unos años muy rebeldes en los que se metía en problemas día sí, día también. Se inventó una vida para Paco, una en la que quedaba como un héroe, así Ender y Hana, como todo buen turco, tendría una historia que contar en el colegio.  

Ahora, con una infusión de kava que cada vez la tiene más despierta, vuelve al presente. Aquella promesa que le hizo a su hermano jamás la quebró, y habría seguido sin hacerlo de no ser porque Ender y Nadina habían grabado la misma película. Ahora comprende cuánto se equivocó y lo mala madre que ha sido. ¿Cómo pudo aceptar algo así? La maternidad le vino grande. Todos sus sueños de adolescente de ser abogada quedaron en un pasado que cada vez le parece más lejano y en el que no se reconoce. Ahora, con la cincuentena bien asentada en las espaldas y tras toda una vida trabajando se da cuenta de cómo de distinta habría sido su vida si hubiera mandado echar a Paco de aquel banco desde donde la observó durante horas. La Malak de hace cuarenta años no habría reconocido a la señora en la que se ha convertido, una persona gris, amargada y rencorosa, pero que sigue albergando el amor incondicional hacia los suyos. Reflexiona que ya es demasiado tarde para recuperar el tiempo perdido, ese en el que la vida había parecido darle una segunda oportunidad para poder recuperar a su hija. Ahora, si Nadina no aparece sana y salva, la vida se la habrá arrebatado por segunda vez y no sabe cómo podrá seguir viviendo. 

 

En Cartagena, en la casa de Paco y Merche todo sigue igual. Han llamado otra vez y al otro lado de la línea la policía que les atiende sí les hace caso, su tono es delicado. Les pide que estén tranquilos, que harán todo lo posible por encontrarla y que en cuanto tengan noticias llamarán. Una atención muy diferente a la de hace unas horas cuando el policía que le atendió poco menos que tomó a Paco por un chiflado. 

 

En A Coruña Ender se remueve inquieto en la cama. Está en la ciudad por un asunto de trabajo y, aunque no hay nada que le apetezca más que tener entre sus brazos a Clara para que lo calme, no puede hacerlo. Nunca se había sentido así de impotente y de tan poca cosa. No puede buscar a Aitana, no puede abrazar a Clara y solo puede estar quieto, confiando en que la policía haga su trabajo. Mira la gran masa negra que es el mar y se encomienda a Alá para que ayude a Aitana. Ahora que sabe que son hermanos comprende que no fue casualidad lo cómodo que se encontró con ella, sino porque los lazos de sangre le estaban avisando de que ella era alguien en su vida. Clara le dice que es la intuición. En realidad él no sabe lo que es, pero si lo dice ella, así será. En ese momento Clara le hace una videollamada y, por fin, consigue tranquilizarse un poco. Se acompañan en el silencio. Ella tampoco puede dormir, está dibujando y ha puesto la cámara para que él se entretenga. Así, de esa manera, se sienten más unidos en la negrura de la noche donde parece que no queda esperanza. Clara se convierte en la suya y él para ella en su calma.  


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Un abrazo.

Presentación personajes Seguí a mi intuición y me dejé llevar

28.3.22

Mark Cook: capitán de barco, alias el marinerito perdonavidas trasnochado como lo llama Aitana, por alguna razón que él no termina de comprender. 
Nació en Sídney y desde pequeño se aficionó a la vela deportiva, George fue su instructor cuando era pequeño, y ahora es un gran amigo para él y muchas veces en quien confía sus secretos más íntimos, esos que solo cuenta a las estrellas.

Aitana: es actriz, creció entre bambalinas y focos. Lo que más le gusta de su profesión es ponerse en la piel de los personajes a los que interpreta, entender su psicología, sus razones y mantiene una relación de amor odio con todo lo que le rodea. Tras descubrir el secreto familiar necesita pensar y se marcha a hacerlo al mar, allí se reencuentra con un hombre que la desquicia, pero que la atrae, mucho, demasiado para la cordura incluso.

George: nació en Sídney y es el gran apoyo de Mark. La diferencia de edad entre ambos no ha sido nunca un obstáculo para llevarse bien y estar orgulloso del gran hombre en quien se ha convertido su pupilo. No entiende por qué Mark siendo el mejor capitán de barcos lo sigue necesitando tanto, pero cuando éste le confesó la razón, no dudó en que tenía que ir con él a donde quiera que fuese.

Paco: es el padre de Aitana, y el gran culpable de todo. El error imperdonable que cometió en el pasado ha arrasado a todos. Es un hombre orgulloso y que no cambia de opinión. Su punto débil es Aitana y odia que ella le trate así,  pero se niega a cambiar de postura y no está dispuesto a ceder.

Merche: ama de casa, es una mujer que sufre continuas depresiones desde hace años lo que hizo que Sergio y sobre todo Aitana, creciera demasiado pronto. Es una madre cariñosa y atenta que haría lo que fuera por sus hijos a quien sigue viéndoles como niños a los que cuidar.

Ender Yilmaz: si leíste Seguí a mi intuición y me enamoré del turco, probablemente cayeras tan enamorada de él como yo y sabrás por qué tiene que estar en esta novela, si no lo has hecho te lo presento. Ender es un hombre fuerte, leal, apasionado, terco, y soñador. Siente que está en el mejor momento de su vidas salvo por un gran contratiempo que le tiene desubicado.


Si te apetece ir de viaje de la mano de Aitana y Mark con ellos viajarás por lugares en los que probablemente no hayas estado y sobre todo a los sentimientos. Seguí a mi intuición y me dejé llevar es una historia de amor en todas sus versiones, donde la lealtad se pondrá a prueba y en la que estoy segura acabarás con una sonrisa.

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LOS TERRIBLES 30

24.3.22

Hola, hola.


Todo el mundo habla de que la edad del pavo es malísima porque estamos insoportables no nos entendemos y ese bla, bla, bla archiconocido y repetido hasta la sociedad, pero, ¿y qué pasa cuando cumples treinta? Pues que a esa edad, por una fuerza terrible desconocida los que se vuelven insoportables son los demás.


A la gente le entra la prisa por tu vida, por todos esos planes que no estás haciendo y que, bajo su punto de vista, deberías. No te lo dicen abiertamente, pero escuchas los cuchicheos, percibes las miradas y cambia la actitud de los demás hacia a ti. Y ese momento ocurre en el preciso instante en el que el reloj marca las 00:01 de tu nueva década, el crédito de poder llevar una vida estimulante y creativa se ha acabado. 


La sociedad ha cambiado, y estoy firmemente convencida de que los treinta son los nuevos veinte por muchos motivos. Los trabajos mal remunerados, la inestabilidad y esta sociedad en constante evolución nos obliga a llevar una vida que generaciones anteriores a la nuestra tenían a los veinte. ¿O es que acaso tenemos que vivir siempre lo malo? Si nuestros trabajos son una m**rd*, al menos que nos dejen tranquilos si queremos estar todo el fin de semana viendo el catálogo entero de Netflix, o ligando en Tinder, Grinder... Covid 19 mediante, claro. 


Pero llegados a este punto, aunque a los treinta tengas un trabajo “estable” y una pareja con la que lleves más o menos un “tiempo prudencial” vienen las siguientes preguntas (¡atención!, léelas con retintín). «¿Y para cuándo la boda?». Si ya te has casado «¿y para cuándo los niños?». Si tienes ya uno «¿Y para cuándo el segundo?». Y yo me pregunto… ¿De verdad? ¿Por qué tenemos que aguantar esto? Haré mi vida lo que me dé la real y absoluta gana que para algo es mía y no tuya, «¿no crees?». Pero claro, callas por educación, porque otra cosa no, pero educada eres un rato, o no, eso es lo de menos. El caso es que llega el día en que una persona de esas, de las que te dicen/hacen comentarios incómodos te pillan con el día cruzado y recibe su merecido y el de los demás, todo junto, cual post adolescente que acaba de cumplir los veinte.


Pues eso, que lo que yo decía, que los treinta son los nuevos veinte, y si no, a las pruebas me remito.





Día de la mujer, fragmento Sí, siempre fuiste tú

8.3.21

Hoy es un día muy propio para este fragmento de Sí, siempre fuiste tú. Quiero aclarar que obviamente no estoy en absoluto de acuerdo con el maltrato, y que solamente quise mostrar una realidad que muchas mujeres y hombres viven en todo el mundo.

"—¿Si te doy asco por qué no me dejas? Me iré de esta casa y podrás ser feliz. Esto no es bueno para ninguno de los dos.
—¿Por qué quieres deshacerte de mí? ¿Quieres salir para correr detrás de ese cerdo que te hizo daño? —me pregunta tan seguro de sí mismo que me cuesta creer que piense que él no me lo está haciendo. En ningún momento deja de pegarme—. Eres mía, ¿me oyes? ¡Solo mía! Y no voy a permitir que te toque. Que nadie se te acerque, porque te quiero y tenemos que estar juntos hasta que la muerte nos separe. Por eso, Tina, esto que te estoy haciendo me duele más a mí que a ti, pero es por nuestro bien, es para que comprendas que tenemos que estar juntos.
—Darío, por favor, déjame ya.
—No, todavía no has aprendido.
(...)
Me arrodillo vencida y así me convierto en una piltrafa humana. Me lamento, no tendría que haber dejado llegar este momento. Debería haberle dicho a Rocío que no se fuera cuando nos dejaron en casa, ella insistió varias veces, pero yo creí que podría manejarlo. Me arrepiento, tendría que haber pedido ayuda a mis amigas, a mis padres, a alguien… No me tendría que haber quedado callada con el primer empujón, con el control de mi móvil. Tendría que haberlo evitado al primer signo de maltrato, pero creí sus palabras de perdón. No me duelen tanto sus golpes como el darme cuenta de que hace mucho que dejé de tener amor propio. Desde el primer momento en el que permití que me insultara, que me empujara o cuando me hizo daño en el brazo el día que me lo disloqué, tendría que haber huido. "